Estamos agotadas y nos demoramos una eternidad en cualquier
cosa. El spring del dia anterior nos ha dejado huella. El
resultado es que empezamos a pedalear a las nueve de la manana el
dia de mas kilometraje del rutometro hasta Villahermosa. Como era
de esperar, a mediodia nos cocinamos a fuego lento en la autopista
de cuota a Acayucan.
La Odisea se prolonga mas de lo normal debido
al cansancio, al extenuante calor y a la humedad tan extrema. Para
mas inri, el terreno se hace montanoso a medida que nos acercamos
a Acayucan. Me recuerda a la epopeya de La Baja. Subidas y bajadas
kilometricas a modo de tiovivo. Solo cambian el paisaje y la
humedad. Las lagunas y los rios se hacen constantes. A mediodia no
puedo respirar y mi cuerpo se calienta tanto que estoy a punto de
desmayarme.
Nuestro sufrimiento merma nuestros animos y Marika y yo ni nos
miramos. Cada una pedalea por su lado. Nos evitamos porque ambas
estamos a punto de matar a alguien, y no queremos hacernos dano
mutuamente... jaja.
Cada vez nos esperamos menos y la distancia se
hace mas grande entre nosotras. Tanto sufrimiento te vuelve
autista, insociable. No quieres abrir la boca porque lo unico que
puedes decir que es quieres que todo se acabe, que quien demonios
te mandaria meterte alli, que que jilipollas somos, que como se
nos ocurre pedalear a esas horas los peores meses del ano, que hay
que ser ignorante, que si te levantaras mas temprano esto no
pasaria.... no quieres pronunciar palabra y prefieres tragarte las
quejas para no desanimar a la companera, que ya carga su propio
viacrucis y, probablemente, su particular retahila de improperios
contra el mundo y contra ella misma.

Se me duerme la pierna cuando ya vemos Acayucan, despues de 120
kilometros de agonia. No me siento el pie, pero no pienso dejar de
pedalear hasta que lleguemos a un punetero hotel de mala muerte y
tire la bicicleta hasta el dia siguiente. El tumor en mi columna
vertebral se ha llevado la peor parte del fatidico dia de hoy.
Encontramos un buen hotel, muy barato, con Wifi y AC. Es el premio
a la jilipollez. Marika no habla. Se sienta en un desvencijado
sillon a la entrada del establecimiento con la mirada perdida, sin
mediar palabra. Alli permanece mas de media hora. La dejo y cargo
mis cosas con desidia hasta el piso de arriba. No puedo con mi
alma. Mas bien lo arrastro todo, hasta los pies. Marika sigue
mirando el horizonte...
Las ultimas imagenes del dia que recuerdo incluyen un salto de tigre sobre mi cama y un antojito mexicano al estilo Veracruz entre mis dientes devorado con hambre de tiburon blanco.
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