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15 de Mayo - Como encuentro la paz en el Golfo de Baja California Sur

Gretel Carmona y Enrique Giron me pasean por Santa Rosalia con la ilusion de dos ninos. Visitamos el centro del pueblo gabacho y entramos en su iglesia de pedazos de metal de nombre Santa Barbara. Los tres conectamos y nos sentimos muy a gusto juntos. Las carcajadas no paran en toda la tarde. "Tienes que probar los pasteles de Santa Rosalia", espeta Enrique. 

Entramos en un establecimiento ubicado en un edificio rehabilitado de la epoca de la Compagnie du Boleo de corte colonial frances. Su interior nos traslada inmediatamente a la vida en la mina a finales del siglo XIX y all pequeno universo disenado por los franceses concesionarios. Grandes fotografias del momento con los autenticos protagonistas intimidan nuestras miradas en un lugar que ademas de reposteria europea regala historia por los cuatro costados. 

Las miradas de los mineros, embutidos en harapos en blanco y negro, rezuman tristeza y cansancio. Las de los funcionarios franceses, ataviados con ropas que se me antoja ridiculas en aquel escenario de polvo, calor y mar, reflejan arrogancia y despotismo. Es curioso el paso del tiempo. Al final solo cambian las cosas materiales, pero el ser humano sigue siendo el mismo. 

Subimos en coche la atalaya que vigila la profunda herida en la montana, en donde se extiende el pueblo hasta acariciar el oceano, y contemplamos extasiados el ocaso, apurando nuestros glaseados de chocolate y nata. "Cuanto tiempo hace que no comes pastel?" - pregunta Enrique. 


Al dia siguiente pedaleo por el litoral la mayor parte del tiempo y, cuando llego a Bahia Concepcion, el paisaje me roba el alma. Permanezco varios minutos colgada en la montana llenandome de las imagenes paradisiacas de un habitat inalterado, tan espectacular que me cuesta asimilar. El mar es un lago de aguas turquesa que acarician con delicadeza las blanquisimas arenas dibujadas en la costa sembrada de manglares.

 El cielo azul se abre entre pinceladas de cirros que predicen buen tiempo hasta la llegada del proximo huracan, probablemente en septiembre. Desciendo la ladera y busco en silencio la Playa del Burro. "En silencio" porque no puedo pronunciar palabra. He perdido el habla ante tanta belleza. Me dejo tragar por el liquido templado con la ropa puesta cuando alcanzo la orilla, porque no puedo esperar. Bajo el agua el mundo se detiene y no pienso, solo me dejo llevar por la sutil corriente de un mar que regala sosiego y calma al espiritu. Ingravida, en el fondo, rozo la espesa arena con las yemas de mis dedos, apurando el aire, para ahogarme a proposito en aquella magica fascinacion.  

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