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¡Rumbo al Salar de Uyuni! - BOLIVIA

Sábado 22 Octubre. Santiago de Huari - Bengalvinto 


Salimos de Santiago de Huari emocionadas porque ya estamos cerca de uno de nuestros grandes sueños, cruzar el Salar de Uyuni.

La carretera que une Huari con Salinas de Garci Mendoza parece recién asfaltada, el tráfico es muy escaso y el día soleado y sin viento, por ahora. Nada podía haber salido la jornada mejor!


De vez en cuando pasan camiones embalados pero nos da tiempo a reaccionar. El paisaje es cada vez más desértico y arenoso y la estampa llana y seca de ocres y marrones del Altiplano se va transformando en una vasta y plana región de arenas claras y esporádicas dunas. 

No se ve absolutamente a nadie en ningún lado. De vez en cuando pasamos por aldeas abandonadas y nos detenemos a fotografiar sus casas de adobe y barro con techos de paja medio en ruinas. Me llama la atención la técnica de construcción antigua y ya en desuso de las techumbres de las viviendas, tan integradas con el medio ambiente y suplantadas ahora por los horribles pero prácticos techos de zinc en toda Latinoamérica. 

 Otros caseríos parecen semi habitados a juzgar por el aspecto de algunas casas, pero no vemos ni un alma jamás. Sentimos que  todo el desierto de arena limítrofe del mayor desierto de sal contínuo y alto del mundo es sólo para nosotras. 

Desde Huari a Salinas Garci Mendoza hay 131 km completamente pavimentados. El último tramo se completó hace sólo cuatro meses. El viento rola de Noreste a Noroeste y se nos mete casi de frente. Debido al peso que llevamos y al efecto vela de las alforjas, la fuerza aerodinámica del viento nos frena la rodada, por lo que debemos aumentar la potencia ante nuestra desesperación. 

 La arena se nos mete en los ojos y el sol aprieta. La radiación solar aquí es la más grande que he experimentado en mi vida. Debemos beber mucha más agua que nunca porque la deshidratación es veloz. Me tapo la cara con un pañuelo para sobrevivir. 

Un camión a gran velocidad consigue esquivarnos pero no se detiene ante el paso de una manada de ovejas y atropella a una sin reducir un ápice la velocidad ante nuestro asombro. Continúa su marcha a toda hostia sin importarle una mierda la oveja que ha destrozado metros atrás y sus corderitos balando de pena junto a ella. Me acerco al terrorífico escenario y no puedo evitar llorar de pena. El cuerpo del animal es un amasijo de piel y órganos separados del resto. Sangre por todas partes y los corderitos no paran de llorar a su mamá. 

 De qué mundo tan diferente vengo, donde una vida, sea cual sea, vale mucho más que en algunos países por los que paso. En muchos, ni siquiera la vida humana tiene valor.


Acampamos a 20 km de Quillacas, detrás de una duna, cuando el sol hace ademán de despedirse dejando que el Altiplano se vuelva a congelar. Marika y yo esperamos a que no pase ningún vehículo y nos introducimos apresuradamente en el desierto con las bicicletas. Empujamos nuestras cargadas máquinas por arenales hasta ocultarnos tras una duna de blanca arena salpicada de aullagas verdes. El cielo se vuelve rosado y la arena del desierto se cubre de cobre. El espectáculo es maravilloso. 

Montamos las tiendas de campaña con cuidado de que no nos vean desde la carretera. Aún hay luz suficiente para no encender nuestras linternas y llamar la atención.

La temperatura baja vertiginosamente. En cuestión de media hora el sol desaparece y hace un frío que pela. Marika quiere montar sólo una tienda y dejar algunas cosas fuera pero yo le digo que no, que es mejor que montemos dos y metamos todo dentro. No me quiero llevar sorpresas esta noche. Aunque parece que no hay nadie alrededor, es mejor no arriesgarse. Además, duermo mejor sabiendo que no me tengo que preocupar por nada. Amarramos las dos bicicletas con el lock antirrobo de Marika y pronto estamos devorando la cena que hemos comprado en un puesto callejero en Huari, mientras las últimas luces del sol desaparecen hasta mañana para dar paso a un sinfín de estrellas. Estamos rendidas y nos vamos a la cama. Hace muchísimo frío y probablemente la temperatura descienda a bajo cero esta noche.

Domingo 23 Octubre. Belganvinto - Salinas Garci Mendoza 


Al día siguiente me levanto con dolor de estómago y mal cuerpo. "No se qué me pasa Marika, algo me ha sentado mal", murmuro.  Aún así intento recomponerme y hago vida normal. Desayuno fuerte como todos los días y tomo mi café como siempre... sin él no puedo vivir.

 La sensación de mal estar continúa. Intento disfrutar del precioso día en las fauces del Salar de Uyuni, pero no puedo. Siento ganas de vomitar durante todo el camino y no me apetece comer ni beber nada, idea nada buena para una ciclista. A 35 km de Salinas de Garci Medoza, en los aledaños de un cráter ya no puedo más y tengo que tumbarme en el suelo. El sol comienza a ponerse y el frío azota ahora la piel que los rayos del sol han chamuscado durante todo el día. Siento mi cuerpo destemplado y me lamento porque estoy cerca de nuestro objetivo de hoy, a sólo 35 km, pero no puedo seguir. Después de 40 km mi cuerpo ha dicho basta.

Marika intenta parar algún que otro vehículo que pasa muy ocasionalmente pero nadie nos para. La letona está muy preocupada porque yo no hago sino temblar. Estoy muy débil y sólo tengo ganas de salir de ahí. Nos sentimos atrapadas porque no podemos avanzar y tampoco pedir ayuda.

Se me ocurre una idea. Como tengo internet en el movil abro Google Map y bingo, hay un sólo landmark de hotel en la localidad Garci Mendoza. El Camana Inn. Veo el teléfono y llamo – suerte también que tengo internet con Entel y crédito para llamar. Entel es el único operador que funciona en el Salar de Uyuni. Me sale al aparato un tal Roger, que parece el propietario del establecimiento. Le explico la situación. Somos dos chicas europeas que pedaleamos el mundo y nos ha pasado esto... _¿Dónde están? Pregunta el hombre de súbito. _"A 35 km de Salinas, en un cráter donde impactó un meteorito". 

_"Tardo como mucho una hora en ir a buscarlas!"_ Espeta la varonil voz al otro lado del aparato.

Junto al gran cráter donde hace millones de años impactó un meteorito, en Jayu Quta, esperamos cuando el sol se despide y el frío nos saluda bruscamente. 






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