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Azogues

15-18 Mayo. Marikaaaaa... un Terremotooooo... !!! (De Tulcan a Quito)

Fotos Marika Latsone
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Libro "Taller de Felicidad"

El domingo 15 de mayo los cocodrilos Dave y James se van temprano del campamento improvisado en una cancha de baloncesto semi en ruinas junto a una Iglesia a 15 kms de Tulcán, en la frontera de Ecuador con Colombia. Ellos piensan llegar hoy a Ibarra, Marika y yo nos planteamos únicamente sobrevivir a aquellas cuestas inhumanas en la Cordillera de los Andes ecuatorianos.




Una hora después de decir adiós a los australianos, pedaleamos hacia Ambuquí (Imbabura), una población a orillas del río Chota. Pronunciadas cuestas protagonizan las primeras horas del día. Escalar montañas con el desayuno aún en la garganta nos es apto para todos los públicos. Las pulsaciones me suben más de lo normal porque mi corazón está ocupado con la digestión y además mis ondas biorrítmicas son aún planas (mental, físico y emocional). Necesito una hora para estabilizarme por dentro y por fuera; mi colorada cabeza se asimila a la testa de una gamba cocida.



El paisaje es espectacular. Cadenas de verdes montañas se pierden en el horizonte y el cielo asoma de un azul intenso entre nubarrones negros que presagian lluvia. El clima es húmedo y frío y los seres humanos, escasos y amables, la mayoría indígenas descendientes indirectos de los incas que hablan en ocasiones su propia lengua. 



Tardamos siglos en llegar a San Gabriel, municipio que inaugura los larguísimos descensos en dirección a Ibarra. Descendemos a gran velocidad, entre un tráfico abundante a pesar de ser domingo, unos 50 kilómetros. Me encanta bajar a toda velocidad con mi Susan Sarandon cargada hasta los topes, porque coge más velocidad y el peso la hace más estable. El viento golpea mi cara y me sumo en un delicioso trance de placer y adrenalina cayendo al vacío de Los Andes. Perdemos altura y vemos desde la ladera de una montaña el fondo de la tierra donde serpentea en Rio Chota. 

Pasamos poblados paupérrimos habitados sólo por seres humanos de raza negra, descendientes de los esclavos africanos traídos durante la colonia,  donde la temperatura ya no es fría y los mosquitos vuelven a hacer de las suyas en nuestras pantorrillas. En cuestión de cuatro horas hemos pasado de congelarnos a deshidratarnos bajo el sol. 



Cuando el sol comienza su ritual de despedida iniciamos el ascenso en una cuesta que dura más de una hora y que hace que perdamos toda esperanza de llegar a Ambuquí, nuestro destino final por hoy. Lo damos todo para llegar antes de que oscurezca y ponernos a salvo antes de que alguien encienda la luna y el peligro aceche. Lo conseguimos. 

Ambuquí es un lugar de vacaciones horrible con tres complejos hoteleros de baja calidad con una piscina con la música a tope coronando cada establecimiento. Los tres se han puesto de acuerdo para cobrar los mismos abusivos precios, es decir, 15 dolares por persona, por unas habitaciones de mierda que dan a la escandalosa piscina, sin wifi y sin verguenza. En el eje de la zona se sitúan los bomberos de Ambuquí, cómplices de la trama, que no permiten que acampemos para obligarnos a dejarnos el bolsillo y la moral en aquellos vulgares complejos de apartamentos con los empleados más maleducados que hemos visto desde hace mucho tiempo. Hemos pedaleado 83 kilómetros y estamos destrozadas. Los bomberos no nos amparan y la zona es muy peligrosa para acampar libremente. No nos queda más remedio que pasar por el aro. Si ésta es la bienvenida a Ecuador... Qué nos espera más adelante?

Al día siguiente iniciamos la jornada algo bajas de moral por la mala suerte del día anterior y sobre todo por habernos gastado gran parte del presupuesto semanal. Encima hemos dormido en la peor habitación de toda mi aventura desde Centroamérica, ubicada debajo de la escalera principal de la Hostería Fabricio, establecimiento al que ya llamamos Porquería Fabricio.  

Sin embargo, la mala leche nos dura poco porque iniciamos el día con un larguísimo descenso que dura 15 kms. La felicidad nos dura hasta el Cañaveral. A partir de ahí la cuesta arribísima protagoniza el resto del durísimo día. 




Planeamos acampar en los bomberos de Ibarra, pero por el camino nos tropezamos con un alemán que nos invita a hospedarnos en su camping de la Laguna de Yawarcucha, a las afueras de Ibarra. El lugar es un auténtico premio al esfuerzo: un paraíso que regala vistas maravillosas al lago mágico formado por el deshielo de un glaciar hace 12.000 años. 

Al día siguiente tardamos en irnos porque siempre que conoces un lugar que vale la pena no hay dios que te saque de ahí. Ni con calzador. Tardamos en levantar el campamento más de lo normal, desayunamos como dos tortugas apareándose, preparamos las bicicletas como dos restauradoras de la Capilla Sixtina y por fin, a las once de la mañana, partimos hacia Cayambe, entre una ligera llovizna y las brisas del místico Yawarcucha. 

El viaje a Cayambe es, para variar, cuesta arriba y otro infierno. Se nos hace de noche llegando a la cabecera del cantón Cayambé, que toma su nombre del volcán homónimo. Los bomberos de Cayambé son héroes en el país después de su gran actuación en el terremoto de abril que afectó sobre todo a las poblaciones de la costa, especialmente a Manabí. 



Nos dan la bienvenida sin problema y nos instalan en el gimnasio y nos dejan a nuestro aire, cosa que nos encanta, sobre todo cuando estamos agotadas. Después de una ducha helada y una cena de arroz y pescado que habíamos comprado por el camino nos metemos en nuestros sacos de dormir esperando despertar al día siguiente.   

Estoy en el agua, sobre mi tabla de surf, y una gran ola se acerca lentamente con ademán de romperse encima de mi cabeza y lanzarme hacia el fondo de los mares para siempre. Se aproxima ganando fuerza y altura. Trago saliva y siento como mi corazón se desboca. Nado hacia ella para que no me rompa encima y me parta por la mitad. Pero ella es más fuerte y rápida que yo y la cresta ya ha comenzado su vertiginoso descenso en picado sobre mi cabeza. Entonces empiezo a temblar como un motor sobre la tabla de epoxy. Me doy cuenta de lo poca cosa que soy y de lo efímera que es la vida. Estoy a punto de morir y tiemblo aún más y más... hasta que me despierto en la tienda de campaña y todo sigue temblando y me doy cuenta que se trata de un terremoto. 



Entonces doy un brinco y grito: "Marika un terremotooooo" y las dos salimos despavoridas de la tienda de campaña y nos metemos debajo de una mesa de billar, mientras el edificio se sacude entre ladridos de perros que se han vuelto locos y sonidos de estructuras metálicas y planchas de aluminio moviéndose sobre nosotras. La oscuridad no nos deja ver más allá de nuestra improvisada guarida bajo la mesa de pool pero sentimos con ansiedad como el mundo se agita de rabia. En ese momento mantienes la respiración y rezas porque no sabes si hoy te toca a tí o a otro. 



Cuando el gimnasio deja de temblar seguimos oyendo a todos los perros del planeta echar espuma por la boca, madre mía, nunca he oído a tanto perro junto gritar de aquella manera. Y aparte de los perros no se oye ni un alma en la calle, porque nadie se atreve a dar un puto paso o a decir ni mu hasta estar seguro de que el mundo dejó de gritar de rabia, probablemente para quejarse de cómo le trata el ser humano. Aguardamos un tiempo prudencial y salimos de nuestro escondrijo como dos ratas. Media hora después volvemos a nuestros sacos de dormir con un pequeño arsenal de herramientas de supervivencia en caso de tener que salir huyendo otra vez (linterna, agua, camara GoPro para inmortalizar nuestra muerte, papas fritas, teléfono movil y casco de la bicicleta por si se me cae un bloque de cemento en la cabeza). Por lo menos nos vamos a dormir más tranquilas. Pero ni aún así conseguimos pegar ojo. 



Al día siguiente los bomberos de Cayambe nos informan de que el terremoto registrado anoche es de 6.7 en la escala Richter y que se sintió más en la costa, como siempre. A las siete de la mañana pedaleamos con el corazón en un puño rumbo a Quito. No sabemos si la tierra se volverá a agitar bajo nosotras en las próximas horas. 


Y resulta que sí. Que después de visitar la línea que separa el Norte del Sur, el Reloj Solar Quitsato, a 15 kms de Cayambe, momento que celebramos a grito pelado y lágrima suelta a las 8.30 de la mañana del miércoles 18 de mayo, otro terremoto de la misma intensidad vuelve a sacudir Ecuador a las once de la mañana cuando pedaleamos hacia Quito y nosotras ni nos enteramos porque sobre la bicicleta la Tierra ya puede bailar la Macarena que no te enteras a no ser que se resquebraje el suelo bajo las ruedas y te trague como un camaleón engulle una mosca. Y total, qué más da que se sacuda un poco el terreno cuando lo que verdaderamente nos angustia en pensar en la cuesta que nos espera para subir a Quito, colgada en Los Andes a casi 3.000 metros sobre el nivel del mar. 


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