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24 de Octubre. Culpabilidad.


Estoy a punto de atravesar el ultimo obstáculo que me separa de Tailandia. Cansada como una perra, pero feliz porque el triunfo es inminente. Soy una guerrera a punto de saborear las mieles del éxito. Necesito un símbolo que me motive y decido pintarme los mofletes de tanaka, como los Birmanos, y conquistar los mas de 2.500 metros de altura que separan Birmania de Tailandia con aires de guerra.  A un lado de la carretera, dos niñas preparan magistralmente el "paal". Les pregunto donde puedo pintarme la cara. Se ofrecen voluntarias para dejarme guapa. Mientras una se queda vigilando el puesto, la otra me introduce en su casa y prepara la mezcla de arcilla para después untarme con los colores "belicos" con los que atravesare la jungla a lomos de mi Roberta. Les ofrezco dinero y lo rechazan.  He aquí, queridos seguidores, la diferencia entre un país que mantiene su virginidad cultural gracias al aislamiento y otro viciado por el desarrollo turístico. El ser humano es noble por naturaleza, hasta que conoce el dinero.
Me despido de mis amigas y continuo la marcha.  Pero cuando estoy a punto de alcanzar la Cordillera Thanon Thong Chai que separa ambos países,  la policía me bloquea el paso.  "Pasaporte"' me espeta un oficial alto, para ser birmano,  y fornido, tambien para ser birmano,  de unos cuarenta, con los dientes negros de mascar "paal". Lo miro con un hilo de desconcierto, a punto de sucumbir ante mi mal genio, me contengo y respiro hondo. Es la décima vez que me piden el pasaporte en una semana y pico. Fuerzo una sonrisa y le pregunto. "Is there any problem, Sir?". - Wait  a moment - me contesta dirigiendo un mohín de complicidad a sus compañeros de trabajo que se apoyan en la barrera de seguridad con apatía de quien no ama su trabajo, murmurando cosas en birmano entre sonrisas picaras. Where are you going? Me preguntan, como si se pudiese ir a otro sitio por esa carretera que no sea la vecina Tailandia. Vuelvo a respirar hondo y contesto: "I am going to Thailand, Sir", con sonrisa Profident. Tras un cuarto de hora revisando mi pasaporte, el oficial fuerte y pesado se me acerca para informarme que hoy no puedo pasar, que debo esperar a mañana. Pero no estoy dispuesta a tirar la toalla tan fácilmente pese a que la decepción secuestra mi animo.
El oficial me explica que la carretera es tan estrecha que, por seguridad, solo la abren en un sentido días alternativos. Así que debo esperar a mañana. Intento convencerlo. "Oficial, no puedo esperar aquí hasta mañana. Debo llegar a Tailandia hoy porque me están esperando (mentira piadosa?). A demás, ustedes no informan adecuadamente a los turistas sobre esto en sus canales informativos en internet. Como vamos a saber los extranjeros que la carretera se abre en un sentido un día si y otro no? Tampoco hay señalizaciones en la carretera. Para mas inri, me he quedado sin dinero y no hay entidades bancarias en Kawkareik. Tampoco aceptan tarjetas de crédito en todo el país. No dejan acampar. Por favor, me puede prestar su revolver para pegarme un tiro?" Estallan a carcajadas  (eso es lo bueno que tienen los birmanos: siempre están de buen humor).
El oficial duda y se vuelve a ir. Habla con otros oficiales de mayor rango quienes se sientan a contemplar el paisaje bajo el techo de un barracón, en medio del bosque, ajenos a la realidad que se vive junto a a barrera. Regresa para repetirme que tengo que hacer noche en Kawkareik. Vuelvo a insistir. Vaya, se me acaban los argumentos. Es que mas negro no se lo puedo poner. Comienzo a presionar con mas virulencia. "Mire oficial, ya no tengo kyats y lo único que puedo hacer es acampar en el bosque, entre los arboles", convencida de que mi falsa falta de recursos - aun guardo algunos kyats para emergencias como esta - pudiera forzar un acuerdo unilateral. Pero nada mas lejos de la realidad. El hombre sigue erre que erre, que duerma en un hotel y que "ni se me ocurra acampar, si no quiero acabar arrestada". Bueno, le digo, entonces me prepararé para hacer noche a la intemperie, junto a mi bicicleta, mordida por los voraces mosquitos birmanos. De súbito el oficial pronuncia "Wait" y vuelve a irse. Doy un salto de alegría porque creo que tengo ganada la batalla. Pero entonces Haang Sha regresa para decirme que lo ha hablado con sus compañeros y ha hecho una colecta solidaria para pagarme un motel. En ese momento no se que me apetece mas, que me trague la tierra o me atropelle un camión en esa dichosa carretera.
El sentimiento de culpabilidad no me abandona hasta que la agonía de la subida a la cordillera me hace olvidar hasta como me llamo. El oficial de policía fronteriza Haang Sha me acompaña en su Honda 125cc a un destartalado motel del centro de Kawkareik y me deja en un zulo, al que todos dignifican con el nombre de "habitación", para que pase la noche. Quiero decirle que no es verdad, que tengo dinero, y que puedo pagarmelo, que no quiero que me pague de su bolsillo de funcionario pobre mi cabezonería, y que lo siento de veras. Pero mi sinceridad teresiana podria costarme  la cárcel en un país como aquel. Así que cierro la boca y procuro disimular mi desconcierto. Cada cuchitril esta separado por tabiques de madera, a través de los que se oye todo, por lo que no pego ojo en toda la noche, atormentada además  por un fatal sentimiento de culpabilidad.

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