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20 de Octubre. Birmania: El Desenlace. (12Hs.en el Tibet)

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Burma (Antigua Birmania, Sudeste Asiatico).

Los monjes me conducen de la mano al templo. Entre todos me ayudan a introducir  Roberta en el hogar de Buda. Quieren que duerma con la imagen del sabio, la mayor aventura de mi vida despues del elefante. El prior, que sigue riéndose, saca una esterilla y la coloca a un lado de la capilla, señalando el emplazamiento. Nos comunicamos por señales la mayor parte del tiempo. Vale, lo pillo. Quieren que duerma en el suelo con Buda. Me parece una idea muy romántica y asiento encantada, mientras Buda me mira impasible desde el fondo del templo, rodeado de intermitentes luces de colores navideñas. A los pocos minutos otro monje aparece con una mosquitera, una almohada rosa fucsia, un ventilador y entre otros dos religiosos instalan una maquina dispensadora de agua junto al campamento. Como no se ponen de acuerdo sobre como colocar improvisadamente la mosquitera entre cuatro columnas, llaman al monje de mantenimiento, quien se presenta al instante con su kit de herramientas y pone fin a una prolongada discusion frente a Sidarta Gautama. Se van todos dándome las buenas noches y me quedo sola en aquel templo, dentro de una nebulosa,  mientras que Buda no me quita ojo y yo no puedo apartar los mios del caleidoscopio de color donde descansa su recuerdo. Estoy tan abrumada por los acontecimientos del día,  que me acuesto a disfrutar del silencio tan ansiado y me quedo dormida en pocos segundos.
Hasta que un estruendo sonoro me despierta. Por el amor de Buda! Que demonios? Altavoces de potencia DJ escupen aberraciones musicales. Me asomo a la ventana y unas cien personas bailan entre los papayos del jardín enfurecidos por la mezcla pop, rock y aires orientales que un monje DJ selecciona en una tarima que hace las veces de escenario. El monje DJ tiene un micrófono y anima al personal a mover el esqueleto, moviendo el suyo dentro de la túnica color burdeos sujetada al hombro. Hombres mujeres y niños gritan cada vez que los fuegos artificiales se deshacen en lágrimas de colores en el cielo, ocupado también por globos de cantoya,  lamparas de papel de arroz que flotan con misteriosos deseos en la oscuridad. Vuelvo a mi campamento Buda conmocionada, con lo que acabo de ver, e intento conciliar el sueno de nuevo. Sin embargo, el ruido ensordecedor y mi taquicardia,  me impiden volver al sopor conseguido hace media hora y recurro a mi tablet Prestigio de 7.5 pulgadas para que la huida de Papilllon, Henri Charriere, de prisión me abstraiga de la tediosa realidad. 
Me sumerjo en la fuga de Papillon de la Isla del Diablo, una de las inhumanas prisiones de Francia en el Caribe antes de la Segunda Guerra Mundial, y la vivo como si fuera de polizón en el mismo bote de la ¨cavale¨ definitiva. Cuando mis fuerzas vuelven a decaer empiezo a cerrar de nuevo los ojos, oigo unas voces que susurran en una de las múltiples ventanas del suntuoso templo. Unas personas contemplan mi refugio rumiando cosas en voz baja. No estoy de humor para nada que no sea dar una cabezadita en este momento y disimulo dándoles la espalda para reanudar mi lectura.
Una hora después surco el Mar del Caribe en un bote de goma, con Henri, en direccion a Honduras Britanica, cuando unas voces me despiertan por cuarta vez. Cuatro hombres, uno de ellos me agita el brazo por fuera de la mosquitera. Me quedo en silencio por unos segundos porque no se si se trata de un sueno. Me dicen que son de inmigración. Uno de ellos va armado con un fusil chino del tipo 56. El individuo que me agita el brazo se sienta a cincuenta centímetros de mi nariz y me pide amablemente el pasaporte. Mientras un compañero lo revisa de cabo a rabo, me pregunta en un ingles malísimo cuanto tiempo llevo allí. Le respondo que unas tres horas y asiente con la cabeza como aliviado. Me dice amablemente que no puedo estar allí, que no es un lugar seguro para mi. Me dan ganas de reírme pese a la gran pedrada que tengo en la cabeza. Conozco perfectamente la situación entre el Gobierno de Myanmar y los monjes budistas, quienes siempre se han mantenido en contra de los regimenes militares e incluso han contribuido con manifestaciones pacificas a la instauración de la Democracia en el país. Para los monjes budistas, los huéspedes extranjeros son sagrados, y siempre, siempre,  aceptaran alojarte cuando lo pidas, pese a la oposición del corrupto Gobierno con animo democratico, que intenta presionar a toda costa al turista para que se aloje en la decadente, escasa, sucia y durísima oferta alojativa del país (hablo en términos generales y desde mi experiencia pedaleando Yangon, Bago, Thaton, Kawkareik, Myawaddy hasta Mae Sot el Tailandia). Se que no es ilegal dormir en un templo budista, porque hasta ahora no han podido ilegalizarlo, como si lo es acampar en el país, por lo que defino rápidamente una estrategia en mi cabeza para salir con éxito del entuerto.
Entre bostezos exagerados me hago la despistada y les pregunto que quienes son y que hacen allí. Como que este no es un lugar seguro,  caballero?  Si este no es un lugar seguro para mi, que venga Buda y lo vea. Porque desde que salí de los conflictivos dominios de Sudafrica, arriesgando mi vida cada dia en las carreteras mozambiquenas, exponiendome a que me pegaran un tiro en la cabeza en Kenya, sobreviviendo a los niños diabólicos de Etiopia, y evitando que me violaran cada día en la India, le puedo constatar hoy aquí, caballero, que ESTE ES EL PUTO LUGAR MAS SEGURO DEL MUNDO. Sonrio y me vuelvo a recostar haciendo ademán de irme a dormir. Se quedan callados por unos segundos y comienzan a discutir entre ellos. Estoy exhausta y no tengo energía. Siento que me da igual todo y tengo muy claro que esa gente no me va a sacar de mi campamento Buda ni con un carro de combate pesado.
Aparece el prior y le dicen algo en Birmano y se marchan llevándose mi pasaporte. Yo miro al prior sin abandonar mi puesto dentro de la nebulosa y este me dirige una mirada de complicidad,  señalando la puerta de salida y abriendo y juntando el pulgar y el indice para dar a entender que conoce al oficial a cargo y que es un charlatán. Deduzco que quiere que no me preocupe y me señala la esterilla para que me vuelva a dormir. Como si fuera tan fácil...
Papillon y yo intentamos sobrevivir a las arenas movedizas que anteceden a la isla que acabamos de tocar con nuestro bote de goma, cuando alguien me agita el brazo de nuevo. Vuelvo a la realidad y me quiero morir. Me recuesto sin ganas, con la apatía impropia de alguien a punto de ser detenido, pero es que ya todo me da igual. Lo único que quiero es dormir y que me dejen en paz de una vez !!. De nuevo el grupito de inmigración. Esta vez traen a una mujer a la que han encomendado la importante misión de servir de interprete en las trascendentales negociaciones entre ambos "frentes", ya que antes el "agita-brazos" y yo nos hemos comunicado a duras penas. La amable y dulce oficial, quien habla bien  ingles en tono modesto, me informa que debo recoger mis cosas y acompañarlos a un hotel.
-¿De veras?.- Le pregunto dispuesta a convertirme en el ultimo foco de la resistencia turística - liberal al régimen militar. -¿Donde me van a llevar?, ¿A cien quilómetros de aquí,  porque en esta zona no hay oferta alojativa? Que gran idea, oficiales. Me van sacar de este lugar, con la pájara que llevo, para torturarme durante dos horas por estas peligrosas carreteras, circulando por la noche, sin alumbrado publico en las vías,  para llevarme a un hotel que no se como esta y si tiene chinches en el colchón?. No, señorita, gracias, me quedo aquí, donde los monjes budistas me han acogido bondadosamente y se ha molestado en hacerme sentir como en casa, colmandome de atenciones y velando por mi seguridad.  Prueba de ello es el monje que cuida la puerta sin abandonar su puesto desde que he llegado. No me pienso mover de aquí, guys, are you fuc*** kidding me?-  Estas palabras son literales pero pronunciadas con deferencia.
La ración de convincentes argumentos servida los sumerge en un prolongado debate que dura media hora,  mientras analizan mi pasaporte de un lado y otro, como buscando algún indicio de infracción o quebrantamiento de la ley. El hombre del fusil me dirige una sonrisa, apoyado en una columna con gesto de hastío. Por fin vuelven con mi documentación y la oficial afable, con cara de derrota, musita que puedo quedarme allí solo hasta mañana, devolviéndome el pasaporte. Se van todos y respiro aliviada, escudriñando al Sidarta multicolor a lo lejos para agradecerle el afortunado desenlace. Intento conciliar el sueno otra vez, pero ya no pego ojo en toda la noche. La parranda en los papayos finaliza a medianoche y el silencio sepulcral irrumpe en el monasterio, dominando mi templo. Vuelvo a mi bote de goma y a las arenas movedizas con Papillon en su ultima y exitosa fuga de prisión. 

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